Somos aún peores personas hasta que desayunamos (en lenguaje de oficina: “no soy persona hasta el primer café”), y no llamaré bárbaros a los que nunca desayunan, pero ganas no me faltan. Si la vida tiene algún sentido, que seguramente no, debe tener mucho que ver con empezar el día con una cierta calma. Sé que hay quien prefiere dormir media hora más antes que ir a trabajar habiendo desayunado, y lo respeto, pero no lo comparto: obvio que yo prefiero llegar treinta minutos tarde y desayunar lentamente como un rey.

Puntos clave

  • Yo nací para sibarita, pero en los pasillos de casa no había una biblioteca que cubriera del suelo al techo, ni teníamos un velero para salir a navegar los fines de semana, así que si aprecio las pequeñas cosas y los placeres mínimos,.
  • Café recién hecho; tostadas con aceite, sal y tomate; una jarrita de agua.
  • No hace falta mucho y a la vez hace falta todo, o sea voluntad y tiempo.
  • A mí me parece terrible levantarse deprisa y corriendo, comer de pie, convertir cada actividad del día en un trámite para llegar a la siguiente.
  • Espartanos, preparad el desayuno y alimentaos bien, porque esta noche cenaremos en el infierno”.
  • Perdón por la cita de la escena más heterobásica de la película más heterobásica de la historia, pero Leónidas sabía cosas.

Los antecedentes

El mundo (o el día a día, por no ser tan grandilocuente) puede ser un paraíso o un infierno, y da un poco igual, porque para llegar a ambos sitios conviene alimentarse bien. Hay un refrán que dice: “Desayuna como un rey, come como un príncipe y cena como un mendigo”. Yo lo cumplo a rajatabla, salvo lo de la cena.

Cuando llega la noche, muchas veces me pregunto: ¿Por qué cenar si puedo volver a desayunar? La mañana del sábado es el ejemplo perfecto. En mi opinión es el momento de la semana que alcanza las cotas más altas de civilización.

Dormir sin poner el despertador; salir a comprar el pan y el periódico; desayunar sin prisa (si no dura más de media hora, no es mi tipo de desayuno) y procurando, como escribió Manuel Vicent, que en la lucha por la existencia sea más importante el aroma del café que las catástrofes que leemos en el periódico; volver a la cama a leer, a dormir, a lo que pida el cuerpo; desayunar por segunda vez y pensar que igual un tercer desayuno ya es pasarse; ir a la plaza y quizás comprar pescado fresco; tomar el vermú con gafas de sol. Desayunar en breve para desayunar dos veces es una filosofía que se puede aplicar a casi todas las cosas buenas que hay en la vida. La mañana del domingo podría.

Todo lo que se ha revelado

El verdadero lujo no son los relojes ni los coches ni los vinos caros; lo que marca la diferencia es desayunar sin prisa como si todos los días fueran sábados. Desayunar es una cosa muy seria. Hay que desayunar con un cierto orden, sentado, con la mesa puesta. Por lo general reniego de experimentos con los desayunos, llámame conservador, pero creo que solo hay una cosa más sobrevalorada que desayunar en la cama y es follar en la ducha. Ante la disyuntiva entre desayunar en casa o en una cafetería, no me mojo. Las dos me parecen opciones muy válidas, con muchos pros y pocos contras. Había un poema de Luis Alberto de Cuenca que terminaba así: “Tengo un hambre feroz esta mañana. Voy a empezar contigo el desayuno” . Dos personas se conocen de la nada, empiezan a verse, a hablar, a tocarse y besarse, a dormir juntas, a despertarse juntas, a quedar para comer o cenar, a ir al cine.

«El verdadero lujo es desayunar sin prisa como si todos los días fueran sábados»