Maru Serrano Cada vez que termino una nueva vuelta al sol, por mi cumpleaños, cierro los ojos y, con un soplido más enérgico en cada aumento de número, se repite el mismo deseo: viajar a África. Hoy os hago una advertencia: ojo a lo que pedís, porque se puede cumplir. Esto viene a cuento porque recuerdo uno de mi viaje a Tanzania con u na ruta que me diseñó Meliá y que se declina por las esquinas más hermosas del país y por experiencias que no hubiera imaginado ni en el mejor de mis impulsos apagavelas.

Claves de la historia

  • Comenzamos con este diario que no quiero olvidar nunca.
  • Estrenamos nuestro recorrido aterrizando en el aeropuerto internacional de Kilimanjaro para visitar esta ciudad y el área protegida de Ngorongoro, ambas en las tierras altas volcánicas de Tanzania, al norte del país.
  • De camino al hotel, a un lado y a otro, se suceden caminos de tierra salpicados de colores vibrantes, los que visten las personas que caminan por ellos: mujeres cargando con cestas de mimbre sobre su cabeza, motociclistas por todas partes.
  • Cada minuto que avanzamos ofrece un escenario distinto de diferente cromatismo, cada vez más humilde, más salvaje, más fascinante.
  • El hotel Gran Meliá Arusha nos recibió con una cálida sofisticación que conforma la transición perfecta entre el mundo urbano y la aventura que nos espera.
  • Tras visitar la plantación de café y la Fundación Sanaa, una comunidad de artesanos con diversas discapacidades, todo dentro del recinto del propio hotel fuimos hacia el monte Meru y sus cataratas.

De dónde viene la noticia

Segunda parada: Ngorongoro, donde nos alojamos en el Ngorongoro Lodge Meliá Collection, el hotel con la ubicación más impresionante donde he estado nunca: la caldera del volcán del mismo nombre, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Pero si pensaba que me iba a sorprender el emplazamiento, seis masáis nos reciben con una danza tradicional de bienvenida absolutamente irrepetible. Vuelvo la cabeza y descubro que en el lobby está todo el staff bailando y cantando.

Imposible no unirnos a la fiesta; siento que voy a explotar de felicidad. Al día siguiente, madrugamos para ver el amanecer en el cráter del volcán y hacer un desayuno-pícnic en Ngoitokitok; fue una experiencia de lo más tonificante. Hipopótamos y todo tipo de aves nos avanzan lo que vamos a descubrir en nuestro primer safari, a la par organizado por Meliá, donde medimos las distancias admirando leones, jirafas, elefantes, familias de monos monísimos, cebras.

No podía creer que todo esto fuera verdad. Mirases a donde mirases, el paisaje era como un óleo que se enriquece de detalles al acercamos, los niños jugaban con las caras pintadas y en mi caso participé en la danza de saltos hasta que llega la hora de una cena con vistas al infinito junto a la chimenea. Cocina tradicional africana con influencia swahili, llena de matices y sabores y con toques internacionales y orientales; en suma, una delicia.

El desarrollo de la historia

Durante el trayecto que nos llevó a nuestra próxima meta: Serengueti, las llanuras se iban haciendo más salvajes y fotogénicas. La tercera parada, el hotel Meliá Serengeti Lodge, está en el corazón del parque natural. Desde la misma cama de la habitación podemos ver monos, elefantes o leones paseándose en el exterior. Con esta imagen y las experiencias guiadas en Serengueti alcanzamos el apogeo de inmersión en la naturaleza más salvaje, que culmina con la ‘bush dinner’, una cena privada en medio de la sabana: la más especial de mi vida. Al día siguiente, con un walking safari para no olvidar, nos adentramos a pie en el ecosistema acompañados de los masáis. Una excitante aventura para un día que terminamos pensando en lo que nos espera al despertar: un globo gigantesco para sobrevolar la sabana. Y es que salvo el avión, amo todo lo que me acerca un poco más al cielo. Pero aún quedaba.