El jurado lo sitúa en la tradición de Borges y Cervantes y celebra su capacidad para alterar las reglas de la novela. Él agradeció el reconocimiento, aunque no dejó escapar la ocasión de bromear. Juan Marsé, contó, decía que leía la realidad como si fuera fraudulenta.
Lo esencial, en breve
- Vila-Matas admitió que desconfía de muchas cosas, pero no del galardón: ese sí pensaba cobrarlo.
- También rememoró que la literatura le sirve para no aburrirse.
- No es una pose: basta abrir cualquiera de sus libros para comprobar que se divierte poniendo al lector en situaciones poco previsibles.
- Nació en Barcelona en 1948 y creció en una familia de clase media que conoció dificultades económicas.
- Ha recordado el día en que sus padres tuvieron que romper la hucha para salir de un apuro.
- También las caminatas con su padre, cinta métrica en mano, para calcular dónde podría abrir legalmente una farmacia después de arruinarse.
El contexto
De niño, cuando le preguntaron qué quería ser de mayor, respondió que director de circo. Acabó organizando otro tipo de funciones, pobladas de escritores extravagantes, personajes que se hacen pasar por otros y gente que prefiere desaparecer sin dar explicaciones. No fue un adolescente al que todos animaran a escribir.
En una ocasión, un profesor se burló ante la clase de la metáfora que había incluido en una redacción. Lejos de quitarle las ganas, la humillación quedó asociada, según ha contado, al descubrimiento de que escribir le importaba. Estudió Derecho y Periodismo, en parte porque la literatura no parecía una profesión con futuro, y comenzó trabajando en Fotogramas.
Le gustaba el cine, dirigió cortometrajes y aprendió a observar las escenas atendiendo tanto a lo que ocurre como a lo que se queda fuera. Su primera novela la escribió en 1971, mientras hacía la mili en Melilla, en la trastienda del colmado de un regimiento de artillería. Quería ocuparse en algo distinto de las rutinas del cuartel.
La nota completa
El resultado fue Mujer en el espejo contemplando el paisaje, un libro compuesto por una sola frase ininterrumpida que Beatriz de Moura difundió en Tusquets en 1973. Quien busque en sus comienzos el retrato de un genio seguro de sí mismo se llevará una decepción. Él ha sido el primer crítico despiadado de sus tanteos juveniles. Pero ya estaba allí su gusto por probar lo que una novela podía permitirse. En el verano de 1973 iba camino de Egipto con una amiga. Habían comprado un billete barato que obligaba a hacer escala en Varsovia. Allí se atrevió a llamar a Sergio Pitol, el escritor mexicano al que apenas conocía de Barcelona y que trabajaba en la embajada de su país. La parada prevista para una noche terminó alargándose durante semanas. De aquel viaje improbable surgió una amistad duradera.

