Bárbara Mingo escribe el cuento del número de octubre de TELVA dedicado a uno de esos flechazos infantiles que más que capricho producen necesidad. Cuando se fue a acostar la silla ya no estaba y luego cuando intentó simular que estaba dormida se durmió de verdad. Cuento TELVA octubre: "Las gafas de corazón" de Bárbara Mingo Ilustración: Jacobo Pérez-Enciso Si acompañaba a la abuela a hacer recados al pueblo, a Clara le gustaba que entrasen en la farmacia, donde se entretenía leyendo las palabras escritas en azul en los botes de loza de las estanterías: árnica, hipérico.
Puntos clave
- De todo eso sólo conocía la lavanda, por la colonia, y la ortiga, porque picaba.
- También le sonaba el saúco por un cuento, pero le sorprendía que algo que imaginaba como un cascabel lo guardasen en uno de esos botes.
- No le gustaba la carnicería, porque olía a agua estancada y le daban aprensión los conejos desollados y tendidos en fila.
- Hacía calor y la abuela arrastraba a Clara calle arriba.
- Enfrente vieron venir a Rosi Márquez, ¡socorro!
- Así es: las dos señoras se lanzaron a hablar y Clara se hundió en el más pantanoso de los aburrimientos.
Los antecedentes
Se soltó de la mano y se acercó como una chalupa desamarrada a la acera de enfrente. El escaparate de la óptica estaba fresco. Con la nariz pegada al cristal vio algo que la fascinó.
Eran unas gafas de sol rojas, con forma de corazón. Para que vieras cómo te quedaban, habían puesto al lado la foto de una chica que llevaba unas gafas iguales y que se acercaba una flor a la nariz para olerla. El cartel marcaba Ofertón: 15 ¤.
¡ Un corazón encima de cada ojo! Era lo más ingenioso que había visto nunca. Clara quiso las gafas inmediatamente.
Todo lo que se ha revelado
Se quedó mirándolas como si la intensidad de su mirada pudiese materializarlas sobre su cara. La voz de la abuela rompió el hechizo. Todo el camino de vuelta estuvo Clara callada mirando al frente, y en la familiar carretera sólo veía las gafas. Por la tarde se sentó a dibujar unas chicas y les puso gafas de sol, y mientras estaba dibujando se le ocurrió una canción, y era como si se la soplase alguien. Levantó la cabeza y al verse reflejada en el espejo siguió cantándole la canción al reflejo como si hiciesen un dúo muy bien coordinado. Entonces dejó los lápices y se puso de pie. Dio vueltas sobre sí misma mientras la melodía igualmente se enroscaba, hasta que en una de las vueltas vio en el espejo a Carmen, que ese año no le estaba haciendo caso más que para molestar. No sabía cuánto tiempo llevaba mirándola desde la puerta y no le gustó su sonrisa de listilla. Cuando Carmen dijo.

