Pero según el experto en felicidad Arthur Brooks, aprender a gestionar nuestras preocupaciones no consiste en ignorarlas, sino en darles forma, ponerlas en perspectiva y recuperar el tiempo que nos roban. Una anécdota divertida que termina por ser una reflexión importante: la preocupación crece mucho más que el problema que la origina. Y, aunque no siempre podamos evitar que aparezca, sí podemos aprender a relacionarnos con ella de otra.
Los datos duros del caso
- La preocupación "crónica" no siempre responde a una amenaza concreta.
- Arthur Brooks explica que una de las teorías psicológicas que estudian este fenómeno es el llamado modelo de evitación.
- Según esto, quienes se preocupan de manera habitual pueden sustituir la reflexión sobre las consecuencias reales de un problema por una sensación difusa y constante de negatividad.
- Es decir, en lugar de preguntarnos qué podría ocurrir exactamente y cómo actuaríamos si pasa, nos quedamos atrapados en un malestar impreciso que se mantiene en el tiempo.
- Imaginamos que algo va a salir mal, pero no llegamos ni a concretar cuál es ese "mal" ni qué podríamos hacer al respecto.
- Así que intentar convencernos de que no debemos preocuparnos, no siempre funciona.
Para entender la historia
La propuesta de Brooks, apoyada en investigaciones psicológicas, es más práctica: identificar aquello que nos inquieta, analizarlo con perspectiva y dirigir nuestra atención hacia lo que sí podemos hacer. 1. Poner por escrito aquello que nos preocupa Cuando tenemos demasiadas cosas en la cabeza, las preocupaciones pueden mezclarse y adquirir una dimensión desproporcionada. La primera recomendación de Brooks es fácil y práctica: escribirlo.
La ansiedad, de la que la preocupación es uno de sus componentes, es, en esencia, un miedo sin dirección", explica. Cuando ese miedo no tiene un foco concreto, es difícil enfrentarse a él. Ponerlo en palabras permite identificar qué nos está pasando y dejar de lidiar sólo con una sensación general de angustia.
Su propuesta: coger papel y lápiz y anotar las cinco cosas que más nos preocupan en ese momento. Se trata de dar nombre a aquello que nos inquieta y preguntarnos, ¿qué me preocupa exactamente? Al convertir ese ruido mental en una lista, cada preocupación toma unos límites visibles.
Elementos adicionales
Dejar de imaginar problemas y empezar a pensar en desenlaces Una vez identificadas las preocupaciones, llega el momento de cambiar el enfoque. Brooks propone que pensemos en sus posibles desenlaces en vez de darle tantas vueltas al problema. Para cada una de las preocupaciones de nuestra lista, recomienda plantearnos tres escenarios: el mejor resultado posible, el peor y el más probable. Después, añadir qué haríamos en cada caso. Quedarnos en la preocupación es quedarse en la amenaza, mientras que este ejercicio invita a observar más allá y fijarse a la par en las alternativas y nuestra capacidad de respuesta. Para el experto, cuando hacemos ese trabajo, podemos "dejar el problema aparcado mentalmente y experimentar cierto alivio". 3. Recuperar el presente y dejar de regalarle tiempo a la preocupación.
«La preocupación te roba un tiempo valioso de tu vida»

