Poeta, músico, periodista y profesor universitario, Sukegawa sitúa su historia en una pequeña pastelería de Tokio para hablar de la exclusión, la belleza de lo cotidiano y nuestra obsesión por alcanzar objetivos. Converso con él sobre la importancia de escuchar, el placer de hacer las cosas sin prisa y el sentido de estar vivos. Durian Sukegawa me recibe en un hotel de Madrid durante su visita a España, a finales de septiembre.

Puntos clave

  • Nos acompañan su intérprete y sus editores japonés y español.
  • Hace calor, pero el escritor mantiene la americana puesta durante toda nuestra conversación.
  • Antes, hablamos de una novela cuya aparente sencillez esconde una pregunta que nos concierne a todos: ¿necesita una vida demostrar su utilidad para tener valor?
  • En una pequeña pastelería japonesa, Sentaro, un hombre que arrastra sus propios fracasos, conoce a Tokue, una anciana cuyas manos conservan las huellas de la lepra.
  • Ella le enseñará a preparar el an, la pasta dulce de judías azuki con la que se rellenan los dorayakis, pero a la par algo mucho más importante: a mirar, a escuchar y a prestar atención a aquello que otros pasan por alto.
  • Lo que comienza como el aprendizaje de una receta acaba convirtiéndose en una forma diferente de entender la existencia.

Los antecedentes

Antes de despedirnos, Sukegawa me agradece el encuentro y reconoce que estas conversaciones igualmente le permiten descubrir cosas sobre sí mismo: "Las entrevistas muchas veces me hacen dar cuenta de cosas en las que ni siquiera había pensado. Durante la conversación hay cosas que se me van ocurriendo. Ha sido una oportunidad muy bonita.