Preservado, en ocasiones transformado con variaciones que se entrelazaron de una generación a otra con el paso del tiempo, ese saber persiste con aroma a copal, con sabor a pan de muerto, coloreado con los matices del papel picado, se encuentra en cada detalle que compone una ofrenda para los ‘no vivos’. Al adentrarnos en la tradición del montaje de altares, encontraremos más evidencia de este mosaico cuya lección es contundente: Día de Muertos es todo menos homogéneo. El hecho de ofrecer tributos tangibles para entes visitantes es una fusión de tradiciones prehispánicas y coloniales.

Los datos duros del caso

  • De los ritos mexicas cuando despedían a un difunto, se sabe que ofrecían sacrificios y objetos que los acompañaban durante su paso por el Mictlán (el inframundo).
  • Las ceremonias y ofrendas duraban días y se les conocía como quitonaltia, una palabra náhuatl que se traduce como “dar buena ventura”.
  • El tapete de cempasúchil guía a las ánimas por el sendero de regreso a su hogar.
  • Por otro lado, la influencia europea tanto en las ofrendas como en la tradición de honrar a los muertos, proviene de costumbres católicas (específicamente jesuitas).
  • Un estudio de la historiadora mexicana Elsa Malvido, hizo público que las fiestas de Todos los Santos y los Fieles Difuntos tienen su origen en Francia, ambas celebraciones eran motivo de inmensos altares dedicados a mártires anónimos.
  • Se colocaban restos terrenales –huesos, cráneos o tierra del sitio en donde fueron enterrados– que eran útiles para negociar con Dios y así, evitar ser castigados.

Para entender la historia

La comida predilecta de los seres amados que ya no están se colocan en la ofrenda. Cada platillo de la ofrenda es preparado con cariño para recibirlos de vuelta el Día de Muertos. Este breve viaje a través de la historia es importante para entender cómo, llegando hasta la actualidad, las ofrendas colocadas en Día de Muertos hablan de esta diversidad intrínseca a nuestra cultura.

Conocer lo anterior, es entender por qué en los altares de hoy en día se cuela la imagen de una Virgen de Guadalupe entre calaveritas de azúcar. Las calaveras de azúcar, uno de los elementos más coloridos de la ofrenda. Si llevamos la mirada a Oaxaca, la riqueza es infinita y se acentúa –aún más– en una fiesta tan folclórica.

Un corazón cultural como este late con fuerza desde los últimos días de octubre hasta los primeros días de noviembre (hay lugares donde se extiende durante todo el mes) para recibir a los seres queridos que partieron primero. Aquí, los altares para los muertos ofrecen un abanico de tradiciones y costumbres año tras año. Mezcal, chocolate de agua, flores endémicas de sus regiones, son solo algunos de los elementos que decoran las ofrendas de este lugar y, al mismo tiempo, altares difieren el uno del otro.

Elementos adicionales

En la pluralidad se encuentra su riqueza, en sus semejanzas la solemnidad de conservar tradiciones durante generaciones. La luz de las velas ilumina el regreso de los seres queridos. El pan de muerto, en sus diversas formas y sabores, es preparado para la temporada. Cuatro hogares de familias provenientes de diferentes regiones oaxaqueñas, abrieron sus puertas para revelar sus altares de Día de Muertos. Desde San Francisco Ixhuatán, pasando por Santa María Atzompa, Teotitlán del Valle, Nochixtlán y Huajuapan de León, así reciben a sus difuntos cada 1 y 2 de noviembre en Oaxaca. En la ofrenda de Rufina, Cecilia, María, Carmen Ruiz López, la alfarería ocupa un papel protagónico, y no es para menos, se trata de la quinta generación de alfareras que plasman recuerdos y moldean su legado a través del barro. Desde cómo se preparan semanas previas a la festividad de Día de Muertos,.