Dillard fue una pionera de la literatura, una de las primeras mujeres que desafió y superó el estereotipo del hombre que se va a vivir fuera de la sociedad, así como las ideas establecidas sobre la relación de las mujeres con la naturaleza y con un entorno salvaje. Con apenas 26 años, y tras superar una neumonía que casi acaba con su vida, inició su camino tomando el ejemplo de Henry David Thoreau, uno de los autores más influyentes de la literatura americana, a cuyo Walden dedicó incluso su tesis de máster. Como Thoreau, Dillard eligió residir cerca de los bosques, en una cabaña, para buscar así, en la naturaleza y en la observación el campo de estudio de la escritura y la vida.
Los hechos principales
- Allí, en un valle de los Apalaches, rodeada de bosques y atenta a las criaturas que los habitan, Dillard dedicó sus días a mirar.
- Salía a caminar junto al arroyo, esperaba durante horas a que asomara una rata almizclera y lo apuntaba todo en sus cuadernos.
- De esa vida lenta nació primero su libro de poemas, Rueda de oración (1974), y poco después el primero de sus ensayos, Una temporada en Tinker Creek (editado en español por Errata Naturae), que recoge aquellas anotaciones a lo largo.
- Con él obtuvo el Pulitzer de no ficción en 1975 y se convirtió en una de las voces más prometedoras de su generación.
- El ensayo pasó a ser uno de los clásicos de la literatura estadounidense, y en concreto de la llamada nature writing, aunque la propia Dillard rechazaba esa etiqueta y prefería pensar en él como un libro de teología.
- Un detalle visible en cómo sus páginas pasan de examinar una gota de agua de estanque bajo el microscopio a presenciar la migración de las mariposas monarca o una crecida del arroyo, sin esquivar la crueldad y la violencia de la naturaleza.
Marco de la historia
En una de sus escenas más célebres, al comienzo del libro, leemos como una rana es devorada por una chinche de agua gigante, y captamos la interrogación que Dillard lanza a la divinidad mientras describe toda la escena. Con una prosa que supuso un soplo de aire fresco, y que cuestionaba la relación de las mujeres con la naturaleza, Dillard escribía sobre la miríada de temas que le interesaban. Ágil, fue capaz de componer un corpus en el que se incluían temas tan variados como la geología, la entomología, la geografía, la teología, la filosofía, la historia natural o la poesía.Por eso no sorprende el estilo con el que Dillard dotó al que sería su siguiente libro, Sagrada la materia,.
Dillard se detiene en los insectos que revolotean por su casa y los observa con atención casi devota. En ellos y su comportamiento lee la función de lo sagrado e incluso igualmente la belleza. Las reflexiones de la escritora vienen acompañadas con un halo poético que se puede apreciar desde la primera página, y que comienza de esta manera: “Cada día es un dios, cada día es un dios, y lo sagrado se despliega todo el tiempo”.
Dillard da vueltas sobre el concepto de La Sagrada Materia, proveniente del esoterismo cristiano. Una sustancia, que, según explica la autora, está “en su grado más opaco”, y al mismo tiempo, “en contacto con lo Absoluto”. Entretanto, entreteje sus vivencias con la eterna pregunta sobre lo divino, interrogando a la vida de una manera o de otra, siempre atenta a la posible respuesta en forma de la naturaleza vibrante con la que convive.
Detalles adicionales
Junto a este libro, breve pero intenso, a la par podemos disfrutar en castellano de La vida en la escritura, traducida por Blanca Gago y publicada igualmente por Bamba editorial en esta pasada primavera, en la que la autora nos habla sobre el oficio y el proceso de la escritura. En ella, la autora nos habla del oficio y del proceso de la escritura, y vuelve a relacionar los procesos naturales que observaba de cerca, tan queridos para ella como necesarios, y de los que le era imposible abstraerse. Este libro resulta una pequeña joya para quienes tengan intención de escribir, o se lo hayan planteado en algún momento. La autora revive cómo, para poder llevar a cabo el trabajo que requiere un libro, tenía que encerrarse en lugares en los que ni siquiera hubiera una ventana o algo que pudiera distraerla del exterior, algo que ahora nos parecería una especie de oasis del mundanal ruido.
«Cada día es un dios, cada día es un dios, y lo sagrado se despliega todo el tiempo»

