Se emparejaba cuando quería emparejarse, se casaba si quería casarse, se divorciaba si quería divorciarse –algo solo posible desde cinco años antes–. Una mujer que no necesitaba justificarse en 1986 salía y entraba cuando quería, tenía hijos o no los tenía, conducía o salía de noche sin pedirle permiso a nadie. En 1986, no necesitar justificarse consistía, sobre todo, en la posibilidad de alejarse del camino muchas veces estrecho que otras mujeres habían recorrido antes.

Claves de la historia

  • Cuarenta años después de aquello, el camino se ha convertido en una radial.
  • Podemos trabajar o quedarnos en casa, casarnos o divorciarnos, tener cinco hijos o ninguno, enseñar el cuerpo o taparlo, teñirnos las canas o dejárnoslas.
  • Y, sin embargo, no hemos dejado de justificarnos, aunque hayamos cambiado de tribunal.
  • Ahora explicamos por qué trabajamos mucho y por qué trabajamos poco, por qué dejamos a nuestros hijos para ir a trabajar y por qué dejamos de trabajar para cuidar a nuestros hijos.
  • Justificamos que queremos adelgazar para que nadie piense que odiamos nuestro cuerpo y que no queremos hacerlo para que nadie crea que lo descuidamos.
  • Si nos quedamos una tarde en el sofá, practicamos autocuidado, porque incluso descansando seguimos produciendo –aunque sea sentido, aunque sea identidad–, no vaya a ser que alguien nos tome por vagas.

De dónde viene la noticia

Si rechazamos una invitación, no es que no nos apetezca: es que ponemos límites. Si compramos menos ropa, hacemos consumo consciente. Si dejamos el trabajo, protegemos nuestra salud mental.

La gran conquista del siglo pasado, la libertad para elegir, trajo consigo, como letra pequeña, un montón de obligaciones. Entre ellas, construir un relato aparentemente coherente alrededor de todas y cada una de nuestras elecciones. Así, ya no es suficiente con que existamos sino que necesitamos justificar nuestra existencia, dotar incluso las elecciones de consumo –o sobre todo las elecciones de consumo– de un relato.

Cada una de nuestras acciones, de nuestras decisiones, de nuestros movimientos, tiene que revelar quiénes somos, qué pensamos, qué clase de mujer hemos decidido ser. Cuarenta años después del primer número de esta revista, una mujer que no necesita justificarse podría ser simplemente una mujer capaz de decir quiero, no quiero, me gusta, no me gusta, me quedo o me voy sin añadir a continuación un alegato en su defensa. Una mujer con derecho a cambiar de opinión, a contradecirse, a equivocarse y hasta a hacer alguna cosa porque le da la obtiene.

El desarrollo de la historia

No sé si la que esto escribe, o la que sujeta estas páginas entre sus manos, es la mujer que Elvira Aguilar imaginaba en 1986. Pero la mejor manera de celebrar que una frase cumple 40 años es comprobar que todavía sirve para ponernos frente a un espejo e interrogarnos. Jacobo Bergareche, escritor, sobre la amistad Xacobe Pato: "Los días raros suceden todo el rato " Elvira Sastre reflexiona sobre el final del verano.

«Cada una de nuestras acciones, de nuestras decisiones, de nuestros movimientos, tiene que revelar quiénes somos, qué pensamos, qué clase de mujer hemos decidido ser»