Su casa en Maine es testigo de excepción de todo ello Por Dodie Kazanjian Fotografía de Jason Schmidt 24 de octubre de 2026 Alex Katz, en el granero de Maine donde trabajó hasta la década de 1980 y al que ahora ha regresado. Por entonces se trasladó a un taller independiente que construyó en el bosque. Acompañar a Alex Katz en Lincolnville, en el Estado de Maine, es una experiencia sin igual.
Lo esencial, en breve
- A solo diez minutos del pintoresco puerto de Camden, el paisaje es rural sin llegar a serlo del todo: está en medio del bosque, pero muy cerca de la vida costera en coche.
- El camino serpenteante, flanqueado por todos esos pinos erguidos y esbeltos que están presentes en tantas de sus pinturas conduce a la pequeña playa donde mi difunto marido Tad, Alex (que ahora tiene 99 años), su esposa Ada y yo comíamos.
- Ahora, las cosas son distintas.
- Tampoco Ada, que ya no sube desde la ciudad, aunque su presencia se sienta en todas partes.
- Quería ir a Maine de nuevo para ver a Alex y esa casa de color amarillo brillante a la que él y su mujer fueron casi todos los veranos desde que se casaron en 1958.
- Cuando llego a las 11 de una mañana de agosto, él está sentado junto a una mesa redonda de madera colocada en mitad del jardín, con una gorra de béisbol naranja, tomando café y almorzando con su hijo poeta, Vincent, y Vivien, la esposa.
El contexto
Es una encuentro familiar, pero podría ser una pintura de Alex Katz, si estuviera allí Ada, su eterna musa. De izquierda a derecha, Kaylie, Vivien, Isaac (de pie), Oliver, Alex, Vincent y Anna. Me uno al grupo y es como si no hubiera pasado el tiempo desde la última vez que Alex y yo hablamos.
Lo bueno de estar aquí es que no tenemos que preocuparnos por las fiestas que nos hemos perdido. Duermo y trabajo”, dice riendo. Habla de forma lapidaria –muy al estilo de sus pinturas, un poco a lo Hemingway– y es divertido.
Se ríe de ello, como si le sorprendiera a él mismo. Probé un audífono”, me cuenta. Lo intenté de nuevo, perdí ese también.
La nota completa
¿En qué sentido son malos?”, le pregunto. Sencillo: no necesitas oír para pintar”. V ista del estanque Coleman, situado detrás del estudio de Katz, con una canoa de la familia, presente en muchas de sus pinturas. Su estudio con un ejemplo de su obra reciente. Su estudio está cerca –basta un breve paseo atravesando la propiedad, con vistas al estanque Coleman–, aunque estos días está pintando en el taller del granero, de un azul brillante, adosado a la casa. Alex y los colores primarios se llevan muy bien. Pienso en aquel inolvidable retrato de Ada sobre un fondo rojo brillante que pertenece al Museo Whitney. Hay otro gran primer plano del rostro de Ada (esta vez con un gorro de baño negro) sobre un fondo rojo brillante aquí, colgado en el granero. Pasé mucho tiempo arreglando esta casa”, me cuenta.
«Para ser pintor, hay que ser agresivo. Mis padres siempre discutían, así que me criaron para serlo»

