E l Día de Muertos se vive de manera muy particular en Puebla, México. Aquí, el aroma del copal que recorre una habitación, una calaverita de azúcar entre las flores de cempasúchil, una figura de cartón cuya sonrisa parece burlarse de la muerte. Su presencia en las ofrendas resulta tan familiar que pocas veces nos detenemos a pensar de dónde vienen.
Puntos clave
- Forman parte de los recuerdos de infancia, de las casas de nuestros abuelos, de las celebraciones que regresan cada noviembre.
- Sin embargo, detrás de aquello que parece cotidiano existen historias extraordinarias: copaleros de barro cuya elaboración forma parte de una tradición alfarera de más de cuatro siglos, moldes centenarios que continúan dando forma.
- En Puebla, el Día de Muertos a la par se construye en sus talleres.
- En el Barrio de la Luz, los alfareros conservan conocimientos vinculados con la historia de la ciudad desde el periodo virreinal; en el Centro Histórico, una familia transforma el azúcar y el cartón en figuras que acompañan las ofrendas.
- Son historias distintas, atravesadas por una misma relación entre los objetos y la memoria.
- Seguir su recorrido, desde las manos que los crean hasta los espacios donde adquieren nuevos significados, permite descubrir una dimensión menos visible de esta festividad: la de quienes, sin conocer a las personas que recibirán.
Los antecedentes
Arrow Hay algo fascinante en la permanencia de esos moldes. Mientras las calaveritas están destinadas a desaparecer, los instrumentos que les dan forma atraviesan generaciones. Dos niños separados por cien años podrían haber contemplado calaveritas nacidas de una misma cavidad de barro, con una curiosidad semejante y sin saber nada el uno del otro.
Entre ambas infancias permanece el trabajo de una familia que ha seguido encontrando en el azúcar una manera de celebrar y recordar. La tradición en la elaboración de las calaveritas de azúcar. En el taller Arte Mexicano el Colibrí, en el Centro Histórico de Puebla La historia del taller a la par se escribe en papel y cartón.
José Emilio Quintana Ramírez, padre de Ernesto, le transmitió el conocimiento de la dulcería tradicional y dedica parte de su trabajo a la cartonería. Sus calaveras y esqueletos tienen expresiones propias: algunos parecen divertidos, otros adoptan gestos teatrales o posturas que recuerdan a personajes de la vida cotidiana. Padre e hijo trabajan con materiales distintos, pero participan de una misma tradición familiar en la que la muerte puede adquirir una apariencia dulce, irreverente y profundamente humana.
Todo lo que se ha revelado
En el Barrio de la Luz, la alfarería forma parte de una historia que se remonta a 1689, año de fundación de la Casa de los Alfareros. Esa continuidad adquiere distintas expresiones en los talleres del barrio. En uno de ellos, el maestro tornero José Arturo Villarados Cosme trabaja frente al torno con la naturalidad de quien conoce la respuesta del barro antes de que termine de adquirir su forma. Sus dedos regulan la presión, la humedad y el espesor de las paredes mediante movimientos repetidos durante años, hasta convertirse en una forma de conocimiento que parece residir a la par en el cuerpo. Arrow El ambiente cambia alrededor del horno. Entre conversaciones y risas, los alfareros atienden la cocción de las piezas, una de las etapas más exigentes del proceso. El calor alcanza una intensidad que parece llegar hasta los huesos. Cuando los copaleros emergen incandescentes, su superficie.

