Con los datos sobre la mesa, está claro que esta terapia va mucho más allá de las viralísimas máscaras de cuidado facial que han colonizado las . Durante años, la luz LED se asoció principalmente con el cuidado facial por su capacidad para modular la inflamación, favorecer la reparación cutánea y mejorar la calidad de la piel. Hoy sabemos que algunas longitudes de onda, especialmente la luz roja y el infrarrojo cercano, pueden penetrar más allá de la superficie e interactuar con las mitocondrias, influyendo en procesos relacionados con la producción de energía celular, la recuperación muscular y la respuesta inflamatoria”, argulle.

Lo que se sabe hasta ahora

  • Hagamos un alto en este modus operandi: “Podemos imaginar las mitocondrias como pequeños motores dentro de las células.
  • Su función es transformar los nutrientes de los alimentos y el oxígeno que respiramos en una forma de energía fácil de utilizar, llamada ATP”, explica Josh Adams, Director Sénior de Formación Global y Experiencia de Producto de Therabody.
  • El organismo puede emplear esa energía, por ejemplo, para producir colágeno en la piel o ayudar a los músculos a recuperarse después del ejercicio.
  • Cuando el cuerpo se expone a luz roja o infrarroja cercana determinadas enzimas de las mitocondrias absorben la luz, lo que ayuda a que funcionen de manera más eficiente.
  • También se favorece la liberación de una molécula llamada óxido nítrico, que a veces queda ‘atrapada’.
  • Una vez liberada, las mitocondrias pueden producir ATP con mayor rapidez y generar más energía para los procesos de recuperación”, añade.

En detalle

Es lo que conocemos como fotobiomodulación y, aunque es importante recalcar que no sustituye los pilares de la salud mitocondrial –estos son: ejercicio regular, descanso reparador, nutrición equilibrada y control del estrés crónico–, sí puede acompañarlos y favorecer una respuesta celular más eficiente ante las demandas del organismo y el paso del tiempo. Eso sí, no sirve cualquier aparato para conseguirlo, y dado el aumento de dispositivos con esta tecnología en el mercado, vale la pena detenerse a explicarlo. Poner una bombilla roja en el salón te puede dar un ambiente precioso para leer, pero a tus células no les hace absolutamente nada.

Para que exista una respuesta biológica real necesitas la longitud de onda exacta (medida al nanómetro), la potencia justa y el tiempo adecuado. En medicina nos regimos por la hormesis: si te quedas corto no pasa nada, pero si te pasas de dosis saturas el tejido y anulas el beneficio. Dos aparatos que por fuera parecen idénticos pueden estar haciendo cosas completamente opuestas”, señala el doctor Lucas Ponti Concetti, Director Médico de Amuna Vitality Clinic.

Es aquí donde encontramos las principales diferencias entre los dispositivos de uso doméstico y los de uso clínico. Los utilizados en clínicas dermatológicas suelen emitir luz con una mayor densidad de potencia o irradiancia, y administrar dosis más altas en una sola sesión. Esa mayor potencia, por motivos de seguridad, normalmente exige controlar el calor que genera el dispositivo y contar con supervisión profesional.

La historia en profundidad

Los dispositivos de uso doméstico, en cambio, suelen tener una menor densidad de potencia y administrar dosis más bajas por sesión, por lo que normalmente se recomienda utilizarlos con mayor frecuencia, a menudo a diario”, explica Adams. Eso sí, independientemente de si un dispositivo es para uso en casa o en clínica, la base de confianza reside en su estándar de fabricación. En La revolución de la luz roja (Alienta Editorial), sus autores recalcan que el primer sello de garantía en este contexto es que el dispositivo esté fabricado bajo la norma ISO 13485. Sobre esta base constructiva se superponen las agencias reguladoras, que evalúan la seguridad y el uso. En Europa, concretamente, es el marcado ‘CE’ el que certifica que el producto cumple con los requisitos esenciales de seguridad y rendimiento. Garantiza que el equipo es eléctricamente seguro, que no emite radiación dañina.