En esta villa medieval el vino forma parte de su arquitectura, su historia y su manera de entender la vida. Existe en la Rioja Alavesa una tradición vinícola tan arraigada que cualquier visita a la región termina, casi de forma involuntaria, corriendo alrededor del vino. No es siquiera una cuestión de enoturismo, sino de la propia identidad de estas tierras.
Los hechos principales
- Una inclinación natural que hace que termines envuelta en vinos y bodegas, aunque tu intención fuese únicamente visitar una reconocida villa amurallada en lo alto de una meseta.
- Esto precisamente es lo que ocurre al recorrer Laguardia.
- No es un pueblo de esos que se descubren de golpe, sino por capas.
- Primero viene su silueta, que se desvela sobre una pequeña meseta a los pies de la Sierra de Cantabria.
- Estamos en el País Vasco, en un lugar fronterizo que fue zona de paso de rutas comerciales y que siempre es (y será) tierra de viñedos.
- Un territorio, por otra parte, dominado por montañas, ríos y bodegas, muchas bodegas.
Marco de la historia
Pero en Laguardia es diferente, ya que la producción del vino no se exhibe entre el paisaje, sino que forma parte de lo más profundo de sus hogares. A medida que recortas la distancia se hace más evidente su muralla, que preserva el carácter medieval de esta villa. Y cuando la cruzas, aparecen sus calles encaladas en piedra y adornadas con flores que descienden desde los balcones por las fachadas de sus edificios centenarios.
Pero la tercera capa requiere retirar la superficie de la villa y adentrarse en las entrañas de la meseta. Para entender el pueblo, debes invertir la lógica constructiva y mirar hacia el subsuelo, donde se encuentra el kilométrico laberinto de bodegas y calados escondidas entre pasadizos y calas, que han condicionado la forma de vivir de sus vecinos durante siglos. Solo así se pueden descubrir las más de 200 bodegas subterráneas que han acompañado la relación con el vino de los vecinos de este pueblo durante siglos.
En la Rioja durante siglos el vino era un producto cuya producción recaía en los habitantes de sus tierras de forma particular. Esta idea se acrecentó a partir del siglo XVII, cuando la producción del vino fue creciendo y en lugares como Laguardia se popularizó la idea de tener una bodega propia dentro de las casas. Cada habitante quería una bodega, y dado el reducido espacio de la villa por las murallas, el pueblo comenzó a crecer hacia abajo situando ahí.
Detalles adicionales
El motivo por el que se comenzaron a construir estas bodegas es tan simple como fascinante: la conservación del vino es mucho mejor bajo tierra ya que permite tener una temperatura fresca constante y un alto nivel de humedad. Poco a poco, las bodegas fueron creciendo creando una red extensa que hoy alcanza varios kilómetros en el subsuelo de Laguardia. Cabe destacar que estos kilómetros no forman un trazado continuo, ya que, aunque muchas bodegas llegaron a conectarse entre sí, otras quedaron aisladas bajo las viviendas particulares y apenas disponían de unos pocos metros de recorrido. El paso de las guerras a la par provocó que en momentos puntuales de la historia estas bodegas sirvieran como refugio para los vecinos del pueblo, siempre preservando su identidad vinícola. Dado el carácter particular que tenían estas bodegas en su origen, no es fácil encontrar a día de hoy la puerta.
«y dos danzarines vestidos con el atuendo típico popular y que a las 12, 14, 17 y 20 horas bailan a ritmo de la música popular de Laguardia. Si no os lo queréis perder tenéis que ir un poco antes, por si acaso, porque hay veces que va a su ritmo»

