Que si bien en Italia se les caen los monumentos y eso que se ahorran; en EE. UU, no dan a basto con tanto ídolo de masas y tanta cultura pop. Finales de los años 30; el mundo aún bosteza en un monótono blanco y negro; y una chiquilla de Kansas irrumpe en la gran pantalla luciendo un pichi de Vichy y cuadros azules, trenzas pelirrojas y unos chapines colorados de lentejuelas.
Puntos clave
- Era El Mago de Oz, un milagro del naciente Technicolor, y Judy Garland, convertida en Dorothy, acababa de convertir ese instante en eterno al grabarlo en la memoria sentimental colectiva al ritmo de Over the Rainbow y de sus saltitos.
- Sin embargo, la historia de este vestid-hito, con delantalito y canesú, no terminó en una urna de cristal blindado con temperatura constante, sino en el vertedero del olvido y el absurdo.
- Durante cuatro décadas, el mítico traje —que escondía un bolsillo secreto y llevaba el nombre de la intérprete bordado a mano— estuvo en paradero desconocido.
- Hasta que un profesor de la Universidad Católica de América en Washington, organizando su despacho, lo encontró metido en una caja de zapatos, dentro de una bolsa de basura, olvidada sobre unos buzones que pertenecían al atrezzo.
- Resulta que la intérprete Mercedes McCambridge, íntima de Garland y la rival de Joan Crawford en Johnny Guitar o la madre de Elizabeth Taylor en De repente el último verano, se lo había regalado en los años 70 al padre dominico Gilbert.
- La casa Bonhams acabó estimando su valor en subasta entre los 800.000 y 1,2 millones de dólares.
Los antecedentes
Un final feliz, que no siempre ocurre. La mayoría de las historias de estos objetos perdidos (y a veces encontrados entre cáscaras de pera) suele ser como un thriller de Hitchcock pasado por el surrealismo de Buñuel, unas veces y de Wes Anderson, otras tantas. Primero, porque en Hollywood (con todas sus variables, véase los set televisivos o las tablas de Broadway) la línea que separa la baratija de la reliquia es tan delgada como el ego de una estrella en horas bajas.
Y 2) porque siguiendo con esta idea, una incombustible fábrica de ilusiones y lentejuelas genera a la par, y de manera indefectible, mucha basura reluciente y el vertedero más fascinante del planeta. O lo que es lo mismo, que durante décadas, los grandes estudios trataron su atrezzo como aparataje desechable y/o reutilizable hasta un límite. Como decoración de cartón piedra, trapo y vidrio cuando queremos decir plástico… Y cuando esos objetos dejaban de servir, se hacían viejos o ya se habían usado 7 veces, acababan en la basura.
Un error de cálculo inédito que, por contra, ha convertido a bedeles, curiosos y buscadores de gangas en los nuevos aristócratas del antiquariato pop. Pero, tampoco, siempre… ¿Te acuerdas de la nave espacial Nostromo de la obra maestra del espacio Alien —y que Kubrick nos perdone—? Pues bien, se trataba de una maqueta de casi 300 kilos que no tenía cabida en los almacenes de la Fox, así que el estudio se la regaló a un fan de Ridley Scott llamado Bob Burns.
Todo lo que se ha revelado
Pero este señor, pues oye, que tampoco tenía espacio su salón y mucho menos encima de la tele, con lo que esta joya de la ingeniería espacial cinematográfica se pasó veinte años pudriéndose a la intemperie en la entrada de su garaje, hasta que una familia de mapaches decidió instalar su nidito de amor en sus entrañas. Y esto provocó que los vecinos llamaran a las autoridades, por un lado, destapando su tropelía, y por otro que, perdona que te digamos pero que, estemos dándole una idea de capítulo a los creadores de Black Mirror: “El triunfo de la distopía: el terror alienígena colonizado por roedores de los suburbios del medio Oeste”. Pero siguiendo con el delirio espacial… La mortífera Estrella de la Muerte, la original de resina —y plástico, vale— de la Guerra de las Galaxias, tampoco tuvo mejor suerte y eso que por una réplica en El Corte Inglés, por dar un ejemplo, puedes pagar.
«El triunfo de la distopía: el terror alienígena colonizado por roedores de los suburbios del medio Oeste»

