La nueva era de Michael Rider en Celine es una mezcla única de desenfado, optimismo y accesorios de éxito

Michael Rider, en la sede de Celine, en la Rue Vivienne de París. Lejos de limitarse a seguir la estela de Phoebe Philo, su antigua jefa, el diseñador estadounidense ha optado por escribir su propio capítulo en la histórica casa francesa. Fotografía: Annie Leibovitz. Vogue , verano de 2026. Save Story Guarda esto Save Story Guarda esto Retratos de Annie Leibovitz. Fotografías de moda de Francesc Planes.
Cuando Michael Rider de Celine no está trabajando en su oficina de la Rue Vivienne de París, es muy posible encontrárselo en los jardines del Palais-Royal. El parque a modo de claustro situado a pocas calles al sur de la noble sede de la firma francesa –construida en el siglo XVII como residencia del cardenal Richelieu, figura clave del absolutismo francés– sirve de sala de descanso improvisada al nuevo director artístico . Allí es donde terminamos sentándonos él y yo una ventosa tarde entre semana cuando la amenaza de lluvia arruinó nuestros planes de recorrer en bici la ciudad.
Angelina Kendall lleva abrigo, pantalón acampanado y gorro con lentejuelas, todo de CELINE.
“Venía mucho aquí en mi ‘Celine parte uno’”, me cuenta Rider, de 45 años, mientras caminamos entre las hileras de tilos, la grava color crema crujiendo bajo nuestros pies (ese ‘Celine parte uno’ es la ocurrente fórmula con que denomina su primer paso por la histórica casa francesa, los nueve años en que ocupó el puesto de director de diseño bajo el ala de Phoebe Philo , antes de cruzar el Atlántico en 2018 para ponerse al frente de la moda femenina de Polo Ralph Lauren ). Fibrado y atlético, con cálidos ojos oscuros y una mata de rizos castaños con alguna que otra cana, lleva hoy una gabardina de pelo de camello, una gruesa bufanda marrón de cachemir envolviendo el cuello, vaqueros azules desteñidos y zapatillas. Unas gafas redondas de alambre reposan sobre el caballete con aire intelectual.
Ahora, ocho años después y con tres aclamadas colecciones a sus espaldas, Rider parece haber disipado cualquier duda en tanto a cómo este chaval de Washington D.C. había acabado dirigiendo una de las casas de moda más indiscutiblemente parisinas. Aunque su trabajo ya ha recibido elogios por su manera de fusionar la sofisticación funcional de la era de Phoebe Philo en Celine con el donaire deportivo de su etapa en Ralph Lauren, lo cierto es que Rider ha escrito un capítulo totalmente inédito y personalísimo , definido (pese a los tiempos que corren) por su innata alegría y optimismo desbordante.
E l actor y cantante franco-canadiense Aliocha Schneider con ‘total look’ de CELINE.
Rodeamos la sombría columnata del Palais-Royal antes de acomodarnos junto a la fuente del jardín. “Me gusta venir aquí, aunque solo sea unos minutos. Es un lugar muy agradable y totalmente distinto de Washington D. C.” , comenta el diseñador, y reflexiona: “Lo curioso es que Washington fue diseñada por un francés, inspirándose en los bulevares y las rotondas de París”. Rider escucha cada pregunta con atención y se toma su tiempo para ordenar las ideas antes de responder. En ningún momento de nuestra conversación mira el teléfono.
Desde que regresó a París en otoño de 2024, ha estado viviendo en un apartamento en la orilla norte de Les Marais junto a su marido, el diseñador de moda de punto Emmanuel “Manu” Morlet, si bien todavía no han colocado todo y aún resulta a la vista, dice, “un poquito caótico”. Rider es un diseñador profundamente táctil que prefiere pensar en términos de caídas y texturas, ver cómo sientan las prendas sobre el cuerpo más que trabajar sobre abstracciones y conceptos . Este amor suyo por lo físico trasciende lo textil: en su despacho en la segunda planta, ha colgado del techo una cuerda de cuatro metros que utiliza para practicar get-ups , un ejercicio que consiste en tumbarse en el suelo y trepar a pulso hasta erguirse.
Casi todas las mañanas va en bici al trabajo. De hecho, ha convertido el ciclismo en su estandarte : en su primer desfile para Celine el pasado julio, los asistentes se toparon con bicicletas de la marca alineadas en la calle y el accesorio más codiciado de la colección presentada en octubre fue un casco de fibra de carbono con el logo de la firma bien visible. Porque, para Rider, lo cotidiano no tiene nada de peyorativo. Su objetivo no es otro que crear un armario integral que acompañe a sus clientas a lo largo de todo el día : una chaqueta o un vestido que les sirva por la mañana para cruzar pedaleando la Rue de Rivoli o para brindar al caer la noche en un exquisito cóctel en el Faubourg Saint-Germain.
Cuando tu mood board se nutre de la vida real, y si prestas la debida atención, las ideas surgen por doquier. “Desde bien joven, siempre ha sido un gran observador”, recuerda el hermano mayor del diseñador, Jordan, que vive en la actualidad en Martha’s Vineyard, donde trabaja como mediador comunitario y acompañante de pacientes en el hospital local. Hijos de abogados, de la zona noroeste de la capital estadounidense, Rider cuenta que se criaron en un ambiente de ideas políticas de izquierdas y de activismo social . “La curiosidad siempre se consideró un gran valor en mi familia”, cuenta Jordan. “Y los intereses de Michael son muchos y muy amplios. Cuando dejó Celine la primera vez, quería irse a elaborar sidra a Normandía; y tomar clases de piano. Quiere aprender a pilotar aviones, está estudiando árabe, yo creo que es capaz de conversar de lo que sea con casi cualquier persona”.
Los hermanos han estado siempre muy unidos. De niños, cuando dejaron de compartir habitación, podían pasarse durmiendo en el suelo del otro durante meses. Pero si bien Jordan era por naturaleza el capitán en cualquier deporte, el líder de los juegos del colegio, “digamos que yo me convertí en el yang de su yin”, dice Rider. “Era más de travesuras y de bromas. Me gustaba dibujar y pintar” . Y aunque el modista no es capaz de decir en qué momento empezó a interesarle la ropa, su hermano sí recuerda verlo fijarse desde muy pronto en cómo vestía la gente, quizá como vía para entender su lugar en el mundo que lo rodeaba. “Me encanta la ropa”, matiza Rider. “No la moda en sí, más bien he sentido siempre cierto apego emocional hacia las prendas de vestir”.
Esa pasión se cimentó en su adolescencia, cuando su ropa empezó a reflejar su identidad y a servirle a su vez de vehículo creativo. Rebuscaba en las tiendas de segunda mano en busca de piezas que luego customizaba para quemar la pista en Tracks, el legendario club LGTBIQ+ de su ciudad natal. Aun así, la idea de estudiar arte o moda ni le cruzaba la mente. “Debe ser que al criarme entre profesores y activistas –justifica–, no me parecía que la moda me fuera a ayudar a contribuir al mundo al nivel al que yo aspiraba”. Finalmente se matriculó en la Universidad de Brown, se especializó en Educación y Estudios Latinoamericanos , y tras graduarse en 2002, consiguió un puesto de profesor en una escuela concertada de orientación progresista en Oakland. “Fue muy fuerte”, dice. “Los chavales eran increíbles, pero había casos de aborto, problemas de violencia, de identidad, mucha tragedia y muchas hormonas. Demasiada tela” .
En 2004, se mudó a Nueva York, y gracias a su amigo Trevor Ballin, también diseñador, entró como aprendiz –su primer trabajo en la moda– en el taller del modista Rogelio Velasco. “Me ponía a cortar la organza, a coser o a supervisar los fittings ”, cuenta. Por entonces encontró un pequeño estudio –puerta con puerta con Ballin– en la Christopher Street del West Village , justo encima de un videoclub de cine porno. El barrio, a principios de los 2000, era mucho más transgresor de lo que es hoy y sus calles, pegadas al río Hudson, atraían su buena cuota de juventud gay, trans y no binaria, lo que garantizaba no solo un emocionante sentimiento de pertenencia sino también una auténtica pasarela caleidoscópica con solo asomarse a la ventana. “Era un lugar muy inspirador”, recuerda Ballin. “Vivíamos rodeados de gente muy joven que no dejaba que nadie dictase su estilo” . Manhattan, sin embargo, fue apenas una parada fugaz en el camino hacia el que en realidad sería su verdadero sueño: trabajar para Nicolas Ghesquière en el atelier parisino de Balenciaga.
Kendall, con un vestido de punto intarsia multicolor, un sombrero de cuero tipo «bucket» y botas blancas hasta la rodilla, todo de CELINE.
“Recuerdo meterme en internet en un desfile de Nicolas y sentir que nunca había visto nada así en mi vida”, desarrolla el diseñador. “Todo el mundo lo consideraba una obra muy conceptual, pero yo no. Me pareció necesario, auténtico y urgente. Me hipnotizó al instante”. En el verano de 2004, se lo jugó todo a una carta: decidió viajar a París e intentar entrar en Balenciaga . Se las apañó finalmente para encadenar varias entrevistas para unas prácticas en moda masculina junto a Ghesquière. “No hablaba francés y tuve que improvisar un porfolio de bocetos, referencias visuales e imágenes de inspiración. Vamos, que me lo inventé todo”, admite ahora. Con el verano a punto de terminarse –y también su dinero–, llamó desde una cabina en la Rue des Archives a las oficinas de la maison y le dijeron que habían elegido a otra persona. Hundido, regresó a casa, con una parada técnica en Martha’s Vineyard, donde solía veranear su familia. Solo unos días después, llegó otra llamada providencial: las prácticas eran finalmente suyas. Su madre, rememora, llegó a desmayarse de la emoción.
Aquellas prácticas acabarían convirtiéndose en un puesto fijo que se prolongó durante cuatro años, el trabajo soñado en más de un sentido. Su futuro marido, Morlet, era en aquellos días el primer diseñador de Ghesquière, y aunque Rider asegura que este estaba horrorizado con aquel americano melenudo que se había colado en el sacrosanto atelier francés –el primer día se presentó allí en pantalones cortos–, pronto no tardaron en empezar a salir y ya jamás se separaron. Junto a Ghesquière, aprendió mucho y rápido o, cómo él dice, “lo aprendí todo. Cómo desarrollar una idea, cómo llevarla al extremo y también cómo saber contenerla. Aprendí que un patronista de 70 años que había trabajado con Cristóbal Balenciaga y un diseñador de 22 años en la vanguardia absoluta podían encontrarse en algún punto”. El equipo de diseño, pequeño y muy unido, acabó siendo una especie de familia elegida.
PEDESTRIANS DE PARIS Aguer y Taverner con ‘total looks’ de CELINE.
El actor Dan Levy , íntimo amigo del diseñador –también se conocieron en esa época a través de Ballin–, destaca de él su “profunda aversión a la afectación. Siempre ha sido muy fiel a sí mismo. Y nunca ha pretendido estar en el candelero, pero cuando sabes que tu amigo tiene tantísimo talento, inevitablemente acabas preguntándote cuándo le tocará ser por fin el jefe”.
Rider pide tregua para traernos unos cafés mientras yo nos guardo el sitio en el Palais-Royal. A su vuelta, un grupo de niños que corretea en torno a la fuente casi nos arrolla antes de perderse entre los rosales. Rider ríe con la escena y se bebe el café de un trago. Mientras sigo repasando su currículum, se hace cada vez más evidente que si Balenciaga fue su escuela, su incorporación a Celine en 2008 como director de diseño de prèt-à-porter a las órdenes de Philo marcó su mayoría de edad creativa . Permaneció allí cerca de 10 años, en constante vaivén entre el atelier de París y las oficinas de Philo en Londres. Para entonces, su reputación profesional había alcanzado tal nivel que podría haber elegido a placer cualquier nuevo destino. Sin embargo, decidió parar.
Durante el año previo a su salida, había estado impartiendo clases de francés a refugiados como voluntario y se sentía cada vez más exhausto y desconectado del rumbo de la industria. “Me lo pasé de lujo en Celine”, concede. “Pero también hay que saber reconocer cuando algo ha sido excepcional e irrepetible y toca dejarlo ir. Necesitaba volver a respirar” . Rider abandonó la maison en 2017, poco antes de la salida de Phoebe Philo, y tan solo tres días después se casó con Emmanuel “Manu” Morlet en el ayuntamiento del segundo distrito de París. El descanso no duró más allá de un par de meses. Casi nadie habría imaginado que su regreso a la moda no tendría por escenario una marca chic de París y, todavía menos, que lo llevaría de vuelta a su país natal. Sin embargo, cuando Polo Ralph Lauren le ofreció la dirección creativa de su línea femenina, lo entendió como una oportunidad inigualable de ampliar su repertorio creativo (Morlet, entonces responsable de moda de punto en el Loewe de Jonathan Anderson en París, viajaba a verlo cada poco).
El diseñador confiesa que no prestó mucha atención al Celine de Hedi Slimane durante ese periodo, momento en que el diseñador francés, célebremente territorial, desterró la tilde del nombre de la maison ; introdujo moda masculina, alta costura, fragancias y maquillaje; e impuso una estética más afilada y oscura. Slimane, además de ampliar el público de la firma, triplicó las ventas. Para Rider, volver a París y a Celine fue como volver a casa , más aún porque le permitió volver a hacer vida a tiempo completo con su marido, que actualmente diseña punto para Celine y Dior. La pareja pasa ahora los fines de semana en la casa de campo del siglo XVII que tienen en la región normanda de Perche, donde disfrutan montando en bicicleta, escuchando la radio y viendo películas antiguas. A Rider le gusta salir a correr y cocinar. Cada mañana, se lee el periódico en papel –se niega a hacerlo en la pantalla del móvil, uno de sus muchas pequeñas protestas en contra de digitalizarlo todo. “Cada cosa importante que me ha ocurrido en la vida ha nacido de encuentros que jamás habrían sucedido de tener un teléfono en la mano, porque sencillamente no habría hecho ni caso”, afirma.
Admite mantener una relación casi fetichista con la moda. Su colección personal de prendas –muchas vinculadas a recuerdos y cargadas de valor sentimental– ocupa varios trasteros repartidos por el mundo. “La mayoría de las personas sensibles desarrollan vínculos profundos con lo que llevan puesto”, explica. “Y normalmente son las que tienen más estilo. Ojalá me asaltara esa sensación con más frecuencia dentro de la moda”. En el backstage de su desfile de marzo, presentado a orillas del Sena en el exquisito Institut de France, Rider revelaba que su proceso creativo comenzó pensando en “las vidas interiores complejas y ligeramente caóticas de las personas que habitan bajo esas prendas hermosas”. Sobre la pasarela, las modelos portaban collares recargados de conchas y colmillos, enormes pendientes desparejados y múltiples anillos apilados. Aquí un cinturón negro de cuero en deliberado contraste con un abrigo de leopardo; allá una sola pernera por dentro de la bota; y Rider volvía a demostrar su dominio tanto de lo etéreo –suavizando siluetas de punto y seda hasta fluidificarlas– como de una sastrería de precisión impecable.
La actriz Natasha Lyonne , sentada en primera fila, comentó después: “La selección y la creatividad de la colección se sentían profundamente personales, como si cada decisión hubiera sido tomada con inteligencia y corazón”. Para Ballin, que se incorporó al equipo creativo poco después de la llegada de Rider, el diseñador estaba “ejerciendo su sentido del humor y permitiéndose divertirse un poco” . Prueba de ello, una serie de vestidos brillantes: uno confeccionado en cota de malla plateada con enormes letras que formaban “CELINE PARIS”; otro realizado íntegramente con anillas de latas de refresco; o un tercero bordado con lentejuelas plateadas del tamaño de posavasos.
Volviendo al parque, le comento a Rider que el desfile de marzo transmitía una fuerte sensación de comunidad: la escenografía recordaba a un centro comunitario y los pines de plástico de los abrigos evocaban insignias políticas. Así pues, no puedo evitar preguntarle si, después de años inmerso en la industria, ha cambiado aquella idea adolescente sobre la nula capacidad de la moda para cambiar el mundo. “Sí, por supuesto”, responde, con absoluta convicción. “La moda puede hacernos soñar, pero también volver la realidad más funcional y más emocionante al mismo tiempo. Creo que además es capaz de transformar la manera en que vemos el mundo , la forma en que nos percibimos los unos a los otros. Y, en un nivel más profundo, cómo nos vemos a nosotros mismos”.
Retratos de Michael Rider, de Annie Leibovitz: Estilismo: Jack Borkett. ‘Grooming’: Jillian Halouska. Producción: AL Studio. Escenografía: Mary Howard.
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Información reportada originalmente por Vogue España. Leer la nota completa en la fuente original.




