Carmen Laffón y su mirada íntima sobre el paisaje en el Museo Thyssen: una exposición de verano imprescindible

Bidón y carretilla con cubo de cal, 2012-2013. Objetos encontrados y escayola, dimensiones variables. Colección privada. © Carmen Laffón, VEGAP, Madrid, 2026. Fotografía: Claudio del Campo Save Story Guarda esto Save Story Guarda esto La retrospectiva de Carmen Laffón en el Museo Thyssen El verano es una época de contemplación, de perderse en el horizonte. A veces, esas estampas terminan por formar parte de nuestra memoria sentimental. Algo muy parecido a lo que expresaba la cineasta Agnès Varda cuando dijo: “Si abriéramos a la gente, encontraríamos paisajes; si me abrieran a mí, encontrarían playas”. En el caso de Carmen Laffón (1934-2021), bastaba con asomarse a sus lienzos para descubrir los parajes que habían formado parte de su vida. Las salinas en Sanlúcar de Barrameda, por ejemplo, aquel mundo cambiante como el recuerdo, que a los 87 años aún seguía pintando en series de gran formato.
Es precisamente esa obra tan libre como personal, la que se propone reivindicar el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza con la primera muestra monográfica de la artista en Madrid desde su muerte en 2021. Carmen Laffón. Variaciones podrá visitarse desde el 23 junio hasta el 27 de septiembre, y reunirá casi 80 obras entre lienzos y esculturas, organizadas en torno a variaciones de bloques temáticos. Una repetición que marca, a su vez, el paso del tiempo.
Esta estructura ha sido la que la comisaria de la muestra, Paula Luengo, eligió deliberadamente para mostrar algo que una retrospectiva convencional habría disimulado. Y es que, Laffón volvía una y otra vez sobre los mismos objetos y paisajes a lo largo de décadas, pero cada regreso era distinto. “Lo que importa no es una obra maestra en concreto, sino la continuidad de la investigación artística”, comenta la comisaria.
Laffón había nacido en el seno de una familia liberal de Sevilla. Sus padres, que se habían conocido en la Residencia de Estudiantes, optaron por educarla en casa, toda una rareza para la época. Esta educación tan singular le permitió entrar en contacto con el arte de manera temprana, de la mano del pintor Manuel González Santos que era amigo de la familia. Más tarde, ingresaría en Bellas Artes de Sevilla, y desde allí puede trasladarse a Madrid para estudiar en La Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Gracias a una beca y a un viaje de fin de estudios, visita tanto Roma como París, y conoce la pintura de Chagall , que le impresiona, y de la que encontramos ecos en sus obras. Sin embargo, en ninguno de estos momentos en los que está fuera de su tierra deja de recordar el Guadalquivir, que siempre se mantiene en su memoria.
En la extensa obra de la artista, realizada entre 1956 y 2021, destacan sobre todo dos géneros clásicos considerados menores durante mucho tiempo, como son la naturaleza muerta y el paisaje. Partiendo de un compromiso temprano con la figuración realista, Laffón fue depurando su mirada bajo la influencia de la pintura abstracta contemporánea, desde la abstracción lírica de Fernando Zóbel hasta el postminimalismo de Agnes Martin o Robert Ryman , pero siempre manteniéndose entre ambas corrientes pictóricas.
“Por eso no es una exposición retrospectiva al uso”, explica Luengo, “cronológicamente ordenada, sino que está ordenada por series. En las salas se van a encontrar juntas tanto piezas tempranas como piezas muy tardías, porque Laffón estuvo haciendo bodegones a lo largo de 50 o 60 años”. El recorrido comienza con la muñeca Marcelina, los bodegones y los cestos, en apariencia, sujetos modestos que Laffón tenía a mano, y que formaban parte de la cotidianeidad de su vida; para más tarde continuar con lienzos de grandes formatos en los que retrata los paisajes exteriores, desde Madrid y Sevilla hasta El Coto de Doñana, y las salinas del Guadalquivir, a menudo de manera casi abstracta, recordándonos a las pinturas con un sinfín de veladuras de Rothko y la potencia de su color, o a la obra citada de Turner. “Lo interesante” apunta Luengo “es ver cómo va cambiando en su trayectoria, y como va liberándose de lo superficial y siguiendo sus intuiciones”.
La liberación que lleva a lo esencial es el verdadero argumento de la muestra. Laffón comienza representando objetos y paisajes desde una perspectiva realista, casi táctil, y termina haciendo series en las que sus emociones toman posesión de la pintura, la hacen más vaporosa, y nos convierten en partícipes del misterio que guardan las imágenes. “Lo que yo quiero que se refleje en la exposición es que es una artista que va a más”, insiste Luengo. “Sus obras finales son magníficas. Al final de su vida estaba aún pintando esos formatos enormes, poniendo la pintura por encima de la representación” añade.
Los motivos que Laffón pintó son humildes casi sin excepción. Con ellos juega a mostrar, y a intuir la vida de los dueños de esos objetos, que nunca se nos muestra. Una especie de intimismo que más tarde expande en los paisajes. Esa capacidad de transfiguración se vuelve especialmente evidente en la sala que la muestra dedica a los armarios, uno de los recorridos más fascinantes de la exposición. La artista trabajó sobre ese motivo durante cuarenta y cinco años, desde 1973 hasta 2018, pintando una y otra vez la misma pequeña alacena de madera en blanco, en negro, en color, y esculpiéndola después en bronce. “Es una serie dentro de una serie” señala Luengo. “El armario puede estar cerrado, semicerrado o abierto. Partiendo de una composición realista, incorpora poco a poco el lenguaje contemporáneo: lo coloca en un fondo neutro, los contornos se vuelven cada vez más difusos, el mueble carece de sombra y parece flotar en el espacio."
La exposición también reserva espacio para las máquinas de coser, y lo hace con una delicadeza que merece atención. Tres versiones del mismo objeto conviven en sala: una al descubierto y dos tapadas bajo una tela. “Juega con la idea de tapar y destapar, con lo que se muestra y lo que no se muestra”, explica Luengo. “así los objetos guardan cierto misterio”. Para construir esta muestra, Luengo recorrió colecciones privadas de toda España. Casi todo estaba cerca, en Sevilla, o en Sanlúcar de Barrameda, donde Laffón tenía su estudio y plantaba una viña que cuidaba a diario y que terminó convirtiéndose también en otra serie de pinturas. “He tenido la oportunidad de ir a ver prácticamente todas las obras. Casi todas son de colecciones privadas y he ido a las casas a verlas, y eso muy pocas veces lo puedes hacer”.
Parte de ese contexto es La Jara, la finca cerca de Sanlúcar que Laffón visitó desde su juventud y en la que vivió y trabajó durante décadas. “Cuando vas a La Jara y ves su casa y su estudio, lo entiendes todo”, dice Luengo “La calma, y la tranquilidad que es mucho de lo que ella transmite en su obra. Y es que era ella, era así. Ella transmitía en sus cuadros lo que era”. El Coto de Doñana al fondo, el Guadalquivir desembocando, la viña plantada fuera del estudio. Como explica Estrella de Diego, las series que dedica, forman las imágenes del río en distintas partes de su vida. Del luminoso recuerdo del río, cuando está en París, Roma o Madrid, y cuando lo tiene cerca.
Una serie de imágenes que se convertiría en una carta de amor al Guadalquivir como apunta de Diego, y que Laffón confirmó cuando habló en su discurso de admisión a La Real Academia de Bellas Artes de San Fernando: “Llamó la atención sobre los paisajes considerados oficialmente no bellos; los paisajes humildes, los secos, los desnudos, esos lugares de extraña belleza, de aparente simplicidad y profundas complejidades, como estos que he pretendido evocar más que describir”. Continúa con un alegato sobre la conservación de estos lugares tan especiales para ella: “Son tan frágiles y están tan amenazados que pueden ser destruidos, como ya lo han sido muchos, sin que la sociedad tome conciencia de lo que supone esa pérdida, y sin haberlos sabido apreciar en su justo valor”.
La muestra incluye como colofón un documental realizado con motivo de la exposición, con testimonios de historiadores, artistas y galeristas que conocieron a Laffón de cerca como Estrella de Diego, que también escribe en el catálogo, Jordi Teixidor, Iñigo Navarro, Juan Suárez o Jacobo Cortínez. Esta pieza audiovisual viene a completar el retrato de una mujer que, según quienes la conocieron, era tan discreta en público como tenaz en el estudio. “Todo el mundo habla estupendamente bien de ella”, dice Luengo. “Era muy humilde, daba muy pocas entrevistas. Pero luego la llamaban el tifón Laffón, porque, aunque se la veía tan pequeñita y menudita, sin embargo, tenía esa fuerza”.
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Información reportada originalmente por Vogue España. Leer la nota completa en la fuente original.




