La última colección de Balenciaga para la temporada primavera/verano 2026 ha sido una de las más controvertidas de la marca en los últimos años. En su desfile, las modelos caminaron por la pasarela con prendas rotas, botas desgastadas y tejidos que parecían haber sido deliberadamente dañados, todo como parte de lo que la casa de moda presentó como una reflexión sobre la consumismo y el colapso social.
Desde su presentación, la colección ha dividido la opinión pública, especialmente en redes sociales. Mientras algunos la consideran una obra maestra de la moda conceptual, en la que Balenciaga explora las tensiones entre el lujo y la decadencia, otros la ven como una estrategia de marketing que utiliza la crisis y el sufrimiento como elemento estético. La elección de prendas intencionadamente destruidas ha sido calificada por algunos críticos como una forma de explotación de las clases sociales más vulnerables, lo que plantea la pregunta de si la moda debe ser un vehículo para reflexión social o simplemente un ejercicio de provocación.
Este enfoque estilístico también ha sido interpretado como una crítica a las propias dinámicas de consumo en la industria de la moda, donde las colecciones de lujo son consumidas de manera efímera y a menudo desechadas rápidamente. Sin embargo, la contradicción se hace evidente cuando se considera que estas prendas, hechas para parecer desgastadas y deterioradas, tienen un precio de lujo, lo que genera un debate sobre la autenticidad del mensaje de la marca.
Las pasarelas de Balenciaga siempre han sido conocidas por su capacidad para desafiar las convenciones y romper con las normas, pero esta colección ha generado más dudas que aplausos. La pregunta sobre si este tipo de estéticas son realmente transformadoras o solo una forma de vender más productos sigue siendo un tema abierto.
En un contexto donde las marcas de moda de lujo son cada vez más conscientes del impacto ambiental y social de sus creaciones, esta colección parece ser una especie de provocación irónica que mezcla el lujo con la crítica social. En lugar de abogar por la sostenibilidad o la inclusión, Balenciaga se ha embarcado en una reflexión que muchos consideran innecesaria y que, para algunos, parece más una jugada comercial para generar controversia.
Este desfile ha dejado abierta una discusión más amplia sobre el papel de la moda en el arte social. ¿Es posible utilizar la estética de la decadencia para provocar un cambio significativo, o simplemente estamos ante otro caso de sobreexplotación de temas sensibles para atraer atención?










