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“Cuando México finalmente venció a Corea del Sur por 1-0, el estadio explotó”: Viajé a Guadalajara para el Mundial 2026 y así viví esta experiencia

Redacción Glamour & Estilo · 22 de junio de 2026 · 4 min lectura
“Cuando México finalmente venció a Corea del Sur por 1-0, el estadio explotó”: Viajé a Guadalajara para el Mundial 2026 y así viví esta experiencia

CARL DE SOUZA En las semanas previas al Mundial de la FIFA 2026, asistir a un partido de México parecía un sueño lejano. Durante años había visto a La Selección Nacional desde mi sala, sentado junto a mi papá y mi abuelo, Papá Pepe, cuyas emociones subían y bajaban con cada pase, cada gol y cada decisión del “árbitro vendido” (con la Selección, han sido muchos años de desilusiones).

Ver a México jugar un Mundial en persona siempre estuvo en mi lista de sueños pendientes. Pero más allá del fútbol, apoyar a la Selección siempre ha significado algo mucho más profundo para mí: una forma de conectar con mi familia y mis raíces mexicanas.

Como pocho —hijo de padres mexicanos, nacido en Estados Unidos—, muchas veces he sentido una necesidad silenciosa de demostrar mi mexicanidad. Recuerdo perfectamente cuando empecé a corregir a quienes olvidaban el acento de mi nombre: "It’s Tomás, not Thomas.” Me tatué la silueta de Durango, el estado donde nacieron mis padres. Y en mi periodismo, me dediqué a escribir sobre el crecimiento global de la música mexicana.

Viéndolo en retrospectiva, creo que constantemente intentaba recordarme algo a mí mismo: que, aunque nací al otro lado de la frontera y me expreso más cómodamente en inglés que en español, sigo siendo mexicano. Profundamente mexicano. Orgullosamente mexicano.

Por eso, cuando recibí un correo electrónico de Tequila Don Julio con el asunto “el partido de tus sueños loading”, sentí que se me aceleró el corazón. La invitación era sencilla: viajar a Jalisco para vivir el partido entre México y Corea y conocer más de cerca la historia detrás de una de las marcas de tequila más emblemáticas del país, visitando los campos de agave y la destilería donde nace Don Julio.

Para mí era la oportunidad de mi vida. Ver a la Selección en un Mundial y de la mano de uno de sus principales patrocinadores. Un sueño hecho realidad. Pero conforme pasaron los días — las visitas a restaurantes como Casa Luna en Tlaquepaque y Hueso en Guadalajara — entendí que el partido terminaría siendo solo una parte de una experiencia mucho más grande.

Durante cuatro días en Jalisco, Don Julio nos abrió las puertas de un mundo que muchas personas conocen a través de una botella, pero pocas tienen la oportunidad de experimentar de primera mano. Visitamos Atotonilco El Alto, donde los campos de agave son la principal fuente de ingresos para quienes viven ahí y donde generaciones enteras han perfeccionado el arte de producir tequila. Karina Sánchez Huitrón, la primera embajadora global de la marca, nos explicó con pasión cada paso del proceso: desde el cultivo del agave hasta las diferencias entre un Añejo y un Reposado. Claro, una de mis partes favoritas fue probar distintas expresiones del portafolio profundo de Don Julio. (Lo suave del Don Julio 70 Cristalino lo hizo mi favorito.)

Había algo en la dedicación de quienes trabajaban en los campos y en la destilería que me recordaba a mis padres. En ellos vi reflejada la misma ética de trabajo que llevó a mis padres a emigrar a Estados Unidos para construir una mejor vida para nuestra familia. Eran personas que construían algo extraordinario por pasión y orgullo por su trabajo y por donde venían.

Durante el viaje también me encontré rodeado de personas que están ayudando a definir la cultura mexicana contemporánea. Conecté con la modelo Mariana Zaragoza sobre amar viajar por México. Conversé con el cantante Carlos Colosio sobre nuestras raíces norteñas. Me reí con el artista tapatío Claudio Limón sobre nuestro amor por el pop mexicano. Y compartí con el diseñador Patricio Campillo lo significativo que fue para mí usar una de sus camisas durante una reunión con el expresidente Joe Biden en la Casa Blanca.

Estar rodeado de personas que aman y celebran a México de maneras tan distintas me hizo entender algo distinto. No necesitaba validación. Ya pertenecía a estos espacios.

Esa sensación se volvió aún más evidente el día del partido.

Desde el momento en que bajamos de la camioneta frente al Estadio Guadalajara, la emoción era imposible de ignorar. Miles de personas vestidas de verde, blanco y rojo caminaban hacia el estadio entre cánticos de “México, México”. Desconocidos conversaban como si se conocieran de toda la vida.

Durante unas horas, todos formábamos parte de la misma historia. Cuando México finalmente venció a Corea del Sur por 1-0, el estadio explotó. Hubo abrazos entre desconocidos, gritos, canciones y lágrimas de felicidad.

Sí, celebrar esa victoria desde las gradas fue inolvidable. Pero lo que más me llevo de ese viaje no fue el marcador. Fue haber vivido una experiencia en México desde una perspectiva distinta: a través de las personas que elaboran uno de sus productos más reconocidos en el mundo, de los creativos que redefinen su cultura y de una comunidad que encuentra maneras de mantenerse unida sin importar dónde haya nacido.

Llegué a Jalisco creyendo que estaba persiguiendo el sueño de ver jugar a México. Me fui con algo mucho más valioso. En algún punto entre los campos de agave, las conversaciones y los cánticos en el Estadio Guadalajara, entendí que ser mexicano nunca fue algo que tuviera que ganarme. Ya era parte de mí.

Porque, al final, un mexicano nace donde le da la gana.

Información reportada originalmente por Vogue México. Leer la nota completa en la fuente original.

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