Por Kary Fernández
Hay una idea profundamente equivocada sobre el poder femenino que conviene desmontar con elegancia pero sin anestesia. Se cree que la empatía es una debilidad blanda, una cortesía emocional reservada para sobremesas inspiracionales o paneles con cafecito tibio. Nada más lejano a la realidad.
La empatía, cuando es ejercida por mujeres de poder real, es una herramienta estratégica de alto impacto económico. Y cuando además se activa con sorpresa, intención y mentoría, se convierte en un motor que mueve mercados, no solo emociones.
La sorpresa activa es esa capacidad de dar sin que te lo pidan, de abrir puertas antes de que alguien siquiera sepa que existen, de leer el potencial antes de que el currículum esté pulido o el pitch perfectamente ensayado. Es un acto de poder silencioso. No busca likes ni agradecimientos públicos. Busca resultados. Y cuando se ejerce entre mujeres de alto valor, el efecto no es individual, es sistémico.
En un mundo económico diseñado históricamente para competir, acaparar y excluir, las mujeres que entienden el valor de la mentoría estratégica están reescribiendo las reglas del juego. No desde la ingenuidad, sino desde la lectura fina del largo plazo. Porque mentorizar no es regalar tiempo, es invertir capital intelectual, relacional y simbólico en alguien que mañana tomará decisiones, liderará equipos, moverá dinero y generará empleo.
Un ejemplo claro de esta lógica es Adriana Gallardo, una mujer que entendió antes que muchas que el verdadero crecimiento no está en acumular logros personales, sino en construir ecosistemas de liderazgo femenino. Gallardo no practica la mentoría desde el pedestal, sino desde la experiencia compartida. No romantiza el éxito ni edulcora el fracaso. Lo traduce. Y esa traducción tiene consecuencias macroeconómicas.
Cuando una mujer de alto valor mentoriza a otra, no solo transfiere conocimiento… transfiere confianza. Y la confianza es uno de los activos más escasos y valiosos en cualquier economía.
Economías fuertes se sostienen en expectativas positivas. Empresas sólidas se construyen sobre liderazgo confiable. Mercados estables requieren actores que sepan leer riesgos y oportunidades con cabeza fría. Todo eso se aprende, y muchas veces se aprende mejor cuando otra mujer te dice “sí se puede, pero no así”, y te ahorra años de errores costosos.
La empatía entre mujeres de poder no es condescendiente. Es exigente. Implica decir verdades incómodas, marcar límites claros y elevar el estándar. Es una empatía que no rescata, impulsa. Que no infantiliza, sino que profesionaliza. Y cuando se ejerce de manera constante, crea una masa crítica de mujeres preparadas para ocupar espacios de decisión económica, política y empresarial.
El impacto macroeconómico de este fenómeno es tangible, aunque poco medido. Más mujeres bien mentoradas significa más emprendimientos viables, más empresas sostenibles, mayor participación femenina en sectores estratégicos y, por consecuencia, economías más resilientes. Estudios internacionales han demostrado que las organizaciones con liderazgo diverso toman mejores decisiones y resisten mejor las crisis. Pero más allá de los papers, está la realidad cotidiana de mujeres que gracias a una mentoría oportuna evitaron quebrar, escalaron su negocio o se atrevieron a negociar en serio.
La sorpresa activa entra aquí como un diferenciador clave. No se trata de programas rígidos ni de mentorías de manual. Se trata de gestos estratégicos. Una llamada en el momento preciso. Una recomendación bien colocada. Un “te presento con” que cambia trayectorias. Eso también es economía. Economía relacional, sí, pero economía al final.
Las mujeres de poder que entienden esto dejan de competir por migajas simbólicas y empiezan a construir valor compartido. Se convierten en nodos de influencia. Y esos nodos, cuando se conectan entre sí, generan redes que multiplican oportunidades, capital y conocimiento. Eso es macroeconomía viva, aunque no aparezca en los indicadores tradicionales.
En tiempos donde el discurso de sororidad se usa como eslogan vacío, conviene reivindicar a quienes la practican con estrategia y resultados. Mujeres que no solo inspiran, mujeres que estructuran. Que no solo acompañan, además exigen. Que entienden que dar no empobrece, al contrario, expande.
La empatía bien ejecutada no es un acto emocional, es una decisión política y económica. Y las mujeres que hoy la ejercen desde el poder están sembrando algo más grande que carreras individuales. Están diseñando el futuro de economías más humanas, más inteligentes y, paradójicamente, más rentables.
Porque cuando una mujer de poder decide mentorizar con intención, no solo cambia una vida. Cambia la dirección del dinero, del talento y de la influencia. Y eso, en cualquier idioma, es poder real. De ese tangible que sirve de ejemplo vivo!
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